YO Y EL NIÑO

En este mundo puedes respirar, comer, leer, hacer el amor, amar, viajar, gritar, cantar, pegar, matar, escribir… En este mundo puedes hacer de todo. Pero lo que a mí me gusta hacer en este mundo es simple: andar solo y con música.
«¡Socialízate! ¡Te vas a quedar más solo que Pedro Sánchez!» gritaban los trabajadores del departamento de socialización de mi cabeza. Justo en la puerta de enfrente se encontraban los de soledad, «No le hagas caso… La soledad te hará feliz y libre…» replicaban. Mientras tanto los de escritura iban tomando apuntes de todo lo que decían. Les resultaba complicado, por no decir imposible, porque comenzaron a salir los trabajadores de todos los departamentos. Los primeros fueron los de vocación. «¡Sal a la calle! Pregunta, pregunta y, sobre todo, pregunta para luego informar, informar y, sobre todo, informar» afirmaban con unas ganas que se desvanecían por momentos. A continuación les siguieron los de realismo, pero no comentaron nada acerca del asunto. Pensaban que mi estado de ánimo no debía depender de departamentos que no pertenecían a mí. Los de positividad -como no podía ser de otra manera- salieron con una sonrisa de oreja a oreja para celebrar el soleado día que hacía. «Pero en Londres está lloviendo», afirmaron contundentemente los de negatividad mientras se secaban las lágrimas. De repente, se hizo el silencio. Se acababa de abrir la puerta del departamento con un solo trabajador, el de cordura. Pocos habían sido los privilegiados en presenciar su figura, encorvada como el asa de su bastón. Sin embargo, cada vez que salía era el encargado de concluir la discusión en cuestión. Como buen intelectual que era, la apertura de su boca se producía en paralelo a la de los oídos del resto de ignorantes. «Si te gusta, adelante». Los de escritura se apresuraban a anotar las comillas con complejo de logo automovilístico para acabar poniendo el punto y final.
Con el beneplácito de mi empresa mental, continué andando con mi música. «Mi música dice el tío… Cómo le gusta apropiarse de las creaciones de otros…» vociferarán los trabajadores de los departamentos de las empresas más infelices. «En efecto, me apodero de cada creación que leo, veo o escucho. Pero no solo yo, sino todos. Os voy a poner un ejemplo: id al cine con el amor de vuestra vida, vuestro mejor amigo o, en definitiva, alguien con el que creáis que compartís todo y más. Pues bien, desde el comienzo de la película cada uno ya la ha hecho suya. Podrán correr vuestras lágrimas con la misma escena y a la misma distancia; pero el pistoletazo de salida -en forma de sentimiento- no será el mismo» respondió mi departamento de cordura. Es más, haga suyo/a este texto. Sí, así, de gratis, se lo regalo. Da igual si me lees desde un iPad o desde el cuarto de baño; si me quieres como para dar la vida por mí o me odias hasta poder matarme. Aunque pensándolo bien, no hace falta ya que se lo regale porque fue de su propiedad en el momento en el que comenzó a leerme.

Normalmente relaciono cada canción con aquello que se pone en mi lugar mientras camino. Pero cómo de impactante sería aquella escena para ni siquiera recordar qué concierto estaba teniendo lugar en mis oídos. Parecía de cine, ya que noté una extraña sensación tras de mí. Y eso que el volumen de la música está puesto lo suficientemente alto como para no oír el golpe cuando me atropellen. De repente, la sensación se convirtió en realidad. Y el niño me adelantó por la derecha. Le envidiaba; le envidiaba porque corría. Cuando te haces mayor, si corres te llaman «cobarde». Pero a él no. Y por eso le envidiaba. O tal vez porque corría sin preocuparse por su destino. O porque disfrutaba el momento. O por ser niño. Aunque, al parecer, era yo el único que se deleitaba con aquella escena. El resto estaba dividido: por un lado, los absortos que solo saben mirar para abajo; que no sé que tendrán entre manos, pero nunca quiero estar así. Y por otro lado, los ancianos que giraban sus manos al son de esas inútiles máquinas. «Señores, lean, vean películas, vayan a Juan y Medio, atosiguen a sus nietos con anécdotas dignas de ser contadas pero no escuchadas. Que a su edad, el físico es lo de menos» me entraron ganas de decirle a aquellos «yos del futuro». Aunque bien se podrían aplicar a la actualidad, solo que cambiando «Juan y medio» por «discoteca» y «nietos» por «esto». Finalmente el niño desapareció, pero no sin antes dar una de esas buenas lecciones, las que se dan sin palabras. «Miradme, soy feliz sin una tecnología en mis manos; soy capaz de correr sin esperar a que la masa lo haga. Soy, yo mismo» dijo sin palabras. En este mundo se puede correr. Pero lo que más le gusta a aquel niño es simple: vivir.

NO ME MIRES ASÍ, NO ESTABA HABLANDO DE TI.


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SOBRE EL AUTOR

Este mundo de hoy va demasiado deprisa: quieren conocerme cuando no lo he hecho ni yo todavía.

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